¿Los niños de hoy tienen menos libertad?

En defensa de la educación de los niños en libertad

¿Los niños de hoy tienen menos libertad?

Toda la vida me he mordido la lengua y he procurado no decir lo que pienso sino pensar bien varias veces lo que iba a decir para que directa o indirectamente no perjudicara a la causa que quería defender, sobre todo en la breve etapa que dediqué a desempeñar cargos políticos hace ya mucho tiempo.

La ministra Celaá estuvo el pasado viernes 17 desafortunada al afirmar que “los niños no pertenecen a los padres” cuando en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros trataba de explicar la decisión del Gobierno de España de requerir al gobierno autonómico de Murcia la retirada de una propuesta de norma educativa que facultaría a los padres de dicha comunidad a decidir individualmente sobre la asistencia o no de sus hijos a actividades complementarias curriculares aprobadas por los docentes del centro y por el consejo escolar del mismo, el llamado “pin parental”, pero todo lo demás que dijo, tras oírlo completo, es “la biblia legal” en defensa del derecho universal y constitucional de los niños a la enseñanza de la libertad en libertad, pues esa y no otra es la razón que justifica ese requerimiento del actual Gobierno, aunque la ministra haya facilitado munición con su frase a los que no creen que los niños tengan derecho a ser educados sobre la libertad en libertad.

La respuesta desde la derecha política, algunos sectores eclesiásticos y organizaciones parentales ha sido desproporcionada como si el gobierno estuviera atacando algún derecho humano o constitucional y no lo contrario, todo ello en coherencia con la guerra sin cuartel que han decidido contra el que consideran un gobierno “ilegítimo”.

La polémica

Minutos después de que la ministra pronunciara la frase, los medios y las redes hervían de ataques aún más desproporcionados contra una decisión tan mesurada como obligatoria para un gobierno que acaba de prometer la defensa de las leyes y cuando colegiadamente cree que se ha traspasado la legalidad vigente como es el caso.

Primero insta con argumentos a la autoridad gubernativa transgresora a que retire la norma y advierte que de no hacerlo recurriría legalmente la norma.

Nada de decisión dictatorial, al contrario, lo hecho es conforme a derecho y corresponderá a los tribunales decidir quien lleva razón, es más, en mi opinión los ministros hubieran sido prevaricadores si creyendo que una actuación es ilegal no hubieran actuado.

Lo malo es que inmediatamente miles de ciudadanos que comparten la consideración de que este gobierno es “ilegítimo” y en aplicación del “sesgo de confirmación” que les hace creer como ciertas las afirmaciones que coinciden con su manera de pensar, se lanzaron a repetir por tierra, mar y aire todas las palabras descalificatorias contra una acción tan mesurada, introduciendo un debate sesgado en chat de todo tipo.

¡Lo pone la constitución!

Pongamos un poco de orden. Claro que sí… Los padres tienen derecho a elegir la formación religiosa y moral de sus hijos. ¡Lo pone en la Constitución! Concretamente en el artículo 27.

3: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”.

Para muchos parece claro que este artículo les da derecho como padres a oponerse a que sus hijos reciban charlas “adoctrinadoras” con un contenido tan ideológicamente peligroso como la llamada ideología de género, o la igualdad entre todos los seres humanos, o que no hay que hacerle bullying a otros alumnos por su orientación o su identidad sexual, o que la tierra es redonda y no se creó en 7 días o yendo a otros lados ideológicos cuando en clase se vaya a hablar de religiones si eres ateo, o cuando se monte un belén en Navidad o si eres vegano cuando se hable de las proteínas de origen animal.

Yo, la verdad, lamento el momento en el que al constituyente se le ocurrió mencionar este derecho en el artículo dedicado a la educación.

Para empezar, porque no añadió nada: la libertad de conciencia, artículo 16 CE, ya incluye, como es lógico, el derecho al proselitismo y a transmitir las propias convicciones a los hijos.

Y el inicio de la frase (“los poderes públicos garantizan”), tan solemne es una redundancia pues todo derecho fundamental conforme a la CE está garantizado por los poderes públicos, por lo que el 27.3 no aporta nada, más bien al contrario, lo que sí hace es restar. Restar derechos a los menores en detrimento de los de sus padres.

Porque este derecho ha sido enarbolado siempre desde las mismas posiciones ideológicas y siempre para lo mismo: para exigir que los niños sean aislados de la realidad. Da igual que hablemos de Educación para la Ciudadanía que ya se encargó de suprimir el “moderado” PP de Rajoy o de charlas impartidas por un colectivo LGTBI.

No limita a otros agentes

El problema es que este derecho no se interpreta así. El derecho a elegir la educación religiosa y moral de los propios hijos aparece como una especie de leviatán que se traga todo lo que se le pone por delante, cuando no es eso en absoluto.

Estamos, más bien, ante un derecho de mínimos, que pretende garantizar la libertad ideológica de los padres a la hora de criar a su prole, pero que no limita a otros agentes que también puedan tener interés en impartir formación ética.

Me explico: el derecho del artículo 27.3 sirve para impedir que el Estado monte gulags educativos, no para otra cosa.

Si unos progenitores católicos quieren que su prole sea educada en los valores católicos, el Estado no puede prohibírselo; al contrario, debe garantizárselo.

Los padres pueden impartir doctrina católica a sus hijos, por sí mismos o mediante terceros designados por ellos (sacerdotes, catequistas, etc.), y los poderes públicos no pueden interferir ahí.

Pero, una vez garantizado este derecho, nada impide que los menores reciban otras educaciones morales y éticas conforme a los programas escolares, al criterio de los profesores y de los consejos escolares, a cargo de sujetos distintos a sus propios padres, y que podrán entrar más o menos en conflicto con la impartida por sus progenitores.

Pretender lo contrario sería, en primer lugar, ilusorio. La formación ética de una persona raras veces depende solo de clases regladas que como mucho ocupan el 15% del tiempo del menor.

La relación con otros niños, con sus abuelos y familiares, el ejemplo, sobre todo el ejemplo, de otras personas, los mensajes que llegan de la televisión o de Internet, la propia experiencia…

Todo eso va conformando la ética de una persona en crecimiento y determinará lo que considera aceptable e inaceptable al final de su adolescencia. Si entendemos el derecho del artículo 27.

3 CE tal y como parecen concebirlo los que han puesto el grito en el cielo, estaríamos habilitando a los progenitores para encerrar a su prole en una burbuja en la que todas las influencias que no les gustan a ellos queden anuladas, quedando el menor aislado y sometido a la ideología o incluso a los prejuicios de su progenitor. Y como decía el Guerra: “lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”.

Pero es que además hay otros sujetos que tienen la expectativa legítima de impartir educación ética a los menores. Y sí, me refiero a los poderes públicos.

Si el párrafo 3 del artículo 27 CE reconoce el derecho de los padres a que sus hijos reciban formación moral acorde a sus convicciones, el párrafo 2 obliga al Estado a educar en valores: “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”. Esta es la base jurídica que, en último término, permite impartir la asignatura de Educación para la Ciudadanía o la Educación en valores sociales y cívicos, y es la que ampara las peligrosísimas charlas que “el pin parental” quiere impedir.

¿Y los derechos fundamentales del menor?

Y luego están, claro, los derechos fundamentales de los menores. Porque aquí parece que el interés del menor no importa, cuando es el criterio básico.

Los hijos de estos padres enfurecidos tienen derecho a que se les hable de orientaciones sexuales e identidades de género distintas a las “normales”.

Es perfectamente posible que ellos tengan esas orientaciones e identidades, y que una charla sobre el tema les siente como agua de mayo.

En el siglo pasado, en 1959, la ONU aprobó por unanimidad la Declaración de los Derechos del Niño, cuyo 10º principio hay que recordar: “El niño debe ser protegido contra las prácticas que puedan fomentar la discriminación racial, religiosa o de cualquier otra índole.

Debe ser educado en un espíritu de comprensión, tolerancia, amistad entre los pueblos, paz y fraternidad universal, y con plena conciencia de que debe consagrar sus energías y aptitudes al servicio de sus semejantes. y así como se lo respeta, debe respetar a sus mismos.

” Y sí, fue también con el voto del representante de España en aquellos tiempos, como comprenderán, nada sospechoso de bolivariano, comunista, ni bolchevique.

Este Gobierno no ha dado pruebas, todavía, de que quiera impedir a nadie educar a sus hijos en la fe católica o musulmana; al contrario, se trata de un derecho que debe respetarse.

Pero ese derecho no lo cubre todo, solo ampara que se imparta la formación moral de su preferencia, no que veten el acceso de sus hijos a otras fuentes de valores, por muy en conflicto que estén con los de su religión o su gusto.

Claro, que parece que tienen miedo a que sus valores no aguanten la comparación con otros valores, sobre todo en materia afectivo-sexual, como si la moral solo fuera eso.

“El Estado debe educar en valores.

Si esos valores chocan con los impartidos por las familias, el conflicto deberá resolverse en la mente de cada alumno, no mediante la retirada de uno de los contendientes a golpe de artículo constitucional mal entendido.

Tú tienes derecho a educar a tu prole en tus propias ideas, no a que esa educación tenga efecto (algo, por lo demás, imposible de garantizar) ni a meter a tus hijos en una cámara de eco donde solo escuchen tus sermones”.

La defensa legítima de la libertad de enseñanza no debería usarse continuamente contra el derecho a la educación de la libertad en libertad, porque pudiera ocurrir que hartos de tanto grito de que “¡viene el lobo!”, cuando de verdad se produzcan ataques a dicha libertad no nos lo tomemos en serio.

* Profesor jubilado de la Universidad de Córdoba y militante socialista

Источник: https://www.diariocordoba.com/opinion/2020/01/22/defensa-educacion-ninos-libertad-36073356.html

¿Dejamos a nuestros hijos libertad para ser niños?

¿Los niños de hoy tienen menos libertad?

Ya lo hablamos hace unas semanas en este artículo que escribimos sobre Hiperpaternidad: algunos padres están tan obsesionados con construirles la vida perfecta a sus hijos y con mantenerles a salvo de todos los peligros que les están protegiendo demasiado y coartando su libertad para desarrollarse como personas libres e independientes.

Y sobre todo, les están impidiendo vivir una infancia con normalidad, cometer trastadas, equivocarse, meterse en líos, eludir responsabilidades,… ¿Deberían darles más libertad para que disfrutaran de la niñez sin controlarles tanto? ¿Y hasta qué punto se puede estirar esa libertad?

Dar a nuestros hijos libertad es mucho más que dejarles jugar a su aire, es asentar las bases para que el día de mañana se conviertan en adultos libres y seguros de sí mismos.

Pero a algunos les cuesta soltar el hilo y dar ese paso. Y cuando alguien traspasa esa frontera y confía en su hijo para que ayude en casa o sea algo autónomo, le llueven las críticas. O cuando algunos padres protestan porque tienen demasiados deberes y están perdiendo la infancia.

El coste de prepararlos para una vida perfecta

Y no, no nos referimos a lo que nos cuestan todas las actividades extra-escolares al final del mes (que sí, en muchos casos es para echarse a temblar), sino de las terribles agendas a las que someten a sus hijos algunos padres, casi como si fueran las de un adulto.

Pero por otra parte, con toda esa preparación tremenda encima, una educación privilegiada, se trata de niños que lo tendrán difícil como adultos, porque se pasan a la hora de supervisarlos, les respaldan en exceso y no les ponen suficientes límites. Niños tiranos con muchos derechos y sin ninguna obligación.

Por otra parte, tanta actividad extraescolar y estimulación para conseguir que los niños se conviertan en adultos en éxito les quita tiempo para jugar. Y no podemos evitar preguntarnos si al hacerlo así les estamos robando también esa parte de la infancia, de la importancia del juego no dirigido para los niños. Si ese es el verdadero coste a pagar.

Ellos también nos dan alguna pequeña pista para que seamos conscientes de que es necesario dejarles más libertad: «yo creo que la cantidad actual de miedos infantiles,que están detectando los expertos y que se han convertido en casi una epidemia en esos tiempos», nos explica Eva Millet, periodista, madre de dos niños, responsable de la web Educa2 y autora del libro Hiperpaternidad.

Según esta experta «es la principal señal de alarma de esta falta de autonomía producida por estas crianzas «híper».

La tendencia de los hiperpadres es ocultarles, maquillarles, evitarles los miedos: si un niño tiene miedo a los perros y ve un perro, los papás le cruzarán la calle de inmediato para evitarle ese momento de «enfrentamiento» (vital para superar el miedo).

O (y este es un caso real!), si una niña de 10 años no ha tirado la cadena del WC en su vida porque «le da miedo el ruido» sus diligentes y bienintencionados papás se la tirarán por ella cada vez que vaya al baño. La valentía es una habilidad que requiere educarse, y es tan o más importante que el inglés o las matemáticas».

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Pero también puede pasar con el juego. Algunos progenitores se empeñan en manejar también esa área de sus vidas, no dejándoles libertad para hacer las cosas a su manera o aburrirse.

Salvador Rodríguez Ojaos, pedagogo, formador y autor del blog de reflexión educativa El Blog de Salvaroj nos comenta que «en edades tempranas, el juego nunca es una pérdida de tiempo, ni un simple entretenimiento.

El juego, además de facilitar el desarrollo de las capacidades motoras, es un acto fundamental para la formación de habilidades y destrezas, para la adquisición de valores, para el desarrollo de la inteligencia racional y la inteligencia emocional».

En definitiva, los profesionales recomiendan este juego no dirigido: «con el juego, los niños y las niñas experimentan, comparten, pierden, ganan, aprenden a anticiparse, a concentrarse, a ser imaginativos, a ser creativos, a ser curiosos. Todos estos aprendizajes son esenciales para el futuro desarrollo de la personalidad y para una adecuada adquisición del aprendizaje», nos explica Salvador.

La falsa libertad tampoco es una opción

También está el otro extremo.

El que nos recuerda Eva Millet, el de niños criados en una «falsa libertad»: «los (de nuevo) bienintencionados padres, en nombre de una democracia familiar mal entendida, les preguntan TODO a los niños desde muy pequeños (a menudo preguntas que no están capacitados para contestar o que no les toca a ellos contestar como ¿qué quieres cenar?, ¿dónde quieres sentarse?, ¿quieres irte a dormir?, ¿vestirte?, ¿bañarte?, ¿tomar un Dalsy?), pero otro lado (y ahí está la contradicción), hacen sistemáticamente todo por ellos, no les dan armas para que sean personas libres y autónomas (que esa es la verdadera libertad)», aclara.

«No se trata de volver a la dictadura, ojo sino de dar unas normas para crear esa atmósfera tranquila y organizada donde el niño se sentirá seguro, acompañado pero no agobiado por sus padres y podrá desarrollarse como persona.» Eva Millet.

Maribel Martínez, una psicóloga del Centro de Psicología y del Lenguaje que reivindica la sana desatención, el observar sin intervenir, nos comentaba como un poco escandalizada cómo los padres preguntaban a los niños que acudían a su consulta cuándo querían volver a tener cita con ella: «como si ellos decidiesen la agenda familiar o tuviesen capacidad para negarse a tener la cita o no».

Libertad y límites, una combinación equilibrada y necesaria

En conclusión, según nos cuenta Eva Millet los niños necesitan libertad, pero no para decidir que cenan sino en el sentido de tener tiempo libre para observar, pensar, para aburrirse, para escoger a lo que quieren jugar y qué amigos invitar a la fiesta. Para ser niños.

Y curiosamente, para ejercer esta libertad también precisan de LIMITES, de normas y rutinas, unos conceptos completamente demodé en estos tiempos.

Los límites son como agua de Mayo, todos los expertos con dos dedos de frente en educación los reivindican: «les ayudan a ser más seguros y a desarrollar su autonomía, a saber que después de bañarse, a tal hora, podrán jugar un ratito a lo que les de le gana y después cenarán lo que sus papás (que deberían saber más que ellos de nutrición) les han preparado para cenar y que, antes de acostarse, normalmente a la misma hora, uno de los dos les leerá un cuento.»

¿Cuál es la solución? ¿Cómo buscamos ese equilibrio? Los especialistas recomiendan no estar todo el día pendientes de los niños, darles libertad y autonomía, que se aburran, que intenten resolver los problemas y dificultades por su cuenta… y se equivoquen. Todas las veces que sea necesario.

En definitiva, dejarles ser ellos mismos, jugar y hacer el tonto, pero también darles responsabilidad sobre sus deberes y obligaciones tanto en el colegio como en casa.

Resulta difícil, claro. Pero si nos excedemos con nuestras atenciones, podemos acabar llevando a nuestro hijo de la mano a la Universidad, terminando sus relaciones de pareja por él o regañando a sus jefes en su primer trabajo. ¿De verdad es ese el futuro que queremos para ellos?

Fotos| The Nanny Diaries, Unsplash.com, Lemmonade, GTres

En Trendencias|Hiperpaternidad o cómo fastidiar el futuro de tus hijos por protegerles demasiado

Источник: https://www.trendencias.com/familia-maternidad-y-ninos-1/dejamos-a-nuestros-hijos-libertad-para-ser-ninos

Embarazo saludable
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